lunes, 13 de octubre de 2008

El día de Ella

Ella se levanta esa mañana con ganas de comprar en la tienda un azul desteñido que le supiera a antaño. Camina distraída por la acera, aunque cuida de vez en cuando de no patear las hormigas y otros bichos que escapan desesperados por las grietas de su prisión de ladrillo. No ha recorrido más de veinte metros cuando frente a ella, el mundo le parece que se detiene y se resume de pronto en una visión insólita en medio de su rutina diaria. Ha muerto.

1 comentario:

David E. Alvarado dijo...

morir, en si mismo, es triste. creo.